La Diócesis de Sincelejo sigue desarrollando acciones en el marco del Mes por la Paz, y este jueves 21 de septiembre, cuando se conmemora el Día Internacional de la Paz, se vinculó al panel-foro Víctimas, verdad y reparación integral que tuvo lugar en el auditorio Fortunato Chadid de la Gobernación de Sucre.

El padre Adalberto Sierra Severiche, vicario general de la Diócesis de Sincelejo y párroco de la Catedral San Francisco de Asís, pronunció un discurso como invitado a este panel-foro en el que expuso la paz desde la perspectiva de la fe cristiana.

El presbítero dirigió, sin embargo, su discurso a la sociedad en general, sin importar la confesión religiosa y resaltó que “no es preciso que abracen todos la fe cristiana, aunque eso nos llenaría de alegría; sino que todos nos empeñemos en rehacer la unidad fragmentada por nuestros demonios, desandar las trochas de la violencia”.

Desde agosto pasado, la Diócesis de Sincelejo viene impulsando iniciativas en favor de la Paz: la apertura de la Semana por la Paz, en Berrugas, a cargo de monseñor José Clavijo Méndez, nuestro obispo; la movilización por el Día de los Derechos Humanos en San Pedro, la Marcha por la Paz del 15 de septiembre y este jueves 21 el panel-foro.

En este último evento, también intervino un líder de la Junta de Acción Comunal de Berrugas, que es acompañada por la Diócesis de Sincelejo a través de la Diakonía de la Paz, programa Fortalesciendo. El líder invitó a convertirnos en agentes de paz y a trabajar por la juventud.

Agentes de Pastoral Social de la Diócesis de Sincelejo también se vincularon con su asistencia y la de miembros de las organizaciones de la sociedad civil que acompañan a través de diferentes programas de desarrollo.

Te compartimos (en texto y en video) la exposición del padre Adalberto:

PANEL

VÍCTIMAS, VERDAD Y REPARACIÓN INTEGRAL

El 11 de abril de 1963, hace 54 años, publicó el papa Juan XXIII la carta encíclica «Pacem in terrris», en la que estableció estos cuatro principios básicos para consolidar la paz en las relaciones internacionales: la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad. Hoy –de cara a las víctimas del conflicto armado en Colombia– nos preguntamos por «la verdad como factor reparador de reconciliación y no repetición». Me corresponde opinar desde la perspectiva de la fe cristiana.

Los organizadores de este panel nos proponen «propiciar espacios de reflexión sobre la realización de los derechos de las víctimas y el esclarecimiento de la verdad como factores reparadores, garantizando la reconciliación y no repetición».

  1. LA VERDAD DE DIOS.

Aunque a los no iniciados esto les parezca una divagación metafísica, los que conocen por experiencia esta verdad saben que ella es crucial. Hace muchos años se publicó en un periódico de circulación nacional un artículo titulado: «El Dios de los que matan». Era una más de las «crónicas de la guerra» que hemos padecido.

Tenemos que afirmar que la verdad de Dios es su amor, que arropa a todos, y consiste en darse él mismo para transmitir su propia vida. Por consiguiente, nadie podía ni puede invocar el nombre de Dios para destruir y matar. Y, si alguien lo hace, comete doble abuso: niega la verdad de Dios y niega la verdad del ser humano.

Si la verdad de Dios es un amor incluyente que da vida, toda estructura de exclusión –sea estructura de pensamiento o de acción– que aflija, deteriore o suprima la vida humana niega esa verdad. Es decir, la negación de dicha verdad va más allá de reconocer o no la existencia de Dios, que es una cuestión filosófica.

La verdad de Dios la han afirmado quienes se declararon con hechos a favor de la vida, ateos o creyentes.

  1. LA VERDAD DEL SER HUMANO.

La verdad del ser humano es su vida. Esa vida es su «luz» en doble sentido:

Porque ella resplandece como el criterio que guía al ser humano, el impulso interior que da razón de todas nuestras búsquedas, interiores y exteriores. La vida es la razón de ser del desarrollo y del progreso, de las culturas y de las civilizaciones, del pensamiento, de las artes y de las ciencias. Todo lo que emprendemos está orientado por la vida.

Porque ella ilumina la vida de los otros, dado que la vida humana se desarrolla y alcanza su plenitud en la convivencia armoniosa, recíprocamente enriquecedora, con las otras vidas humanas y no humanas; porque toda vida humana es un proyecto que tiene la virtualidad de realizarse no solo sin perjudicar las otras vidas, sino beneficiándolas.

Por consiguiente, las muertes que han causado los conflictos, armados o no armados, no se reducen a cifras estadísticas de conteo de cadáveres, ni a diligencias de levantamiento de los mismos, ni a noticias en los obituarios de los medios. Hay que reconocer que esas muertes constituyen la frustración de un proyecto que no era del arbitrio de los que segaron esas vidas, ni siquiera de las familias que todavía lamentan esas pérdidas; esas muertes produjeron un daño irreparable a la humanidad, porque la privaron de vidas con valor único, con sentido propio, y con futuro promisorio. La verdad es que esa «luz» la apagaron muchas «tinieblas». En Colombia se habló de «fuerzas oscuras», eufemismo con el cual se reconoció que, desde una clandestinidad conocida, operaron ejecutores de muerte que ahora deben salir a la luz y admitir y pedir perdón por ese daño irreparable.

  1. LA VERDAD DE LA CREACIÓN.

Por miles de millones de años la creación preparó lentamente la aparición del ser humano sobre la tierra como su expresión más acabada, como el culmen de un proceso. La verdad de la creación radica en su propia consistencia de equilibrada coexistencia, en su autonomía, reflejada en lo que las ciencias establecen como «leyes» de la naturaleza, y, sobre todo, en su capacidad de albergar y potenciar la vida.

«La horrible noche» que han significado esos mortales conflictos de intereses y de luchas por el poder, por el territorio, por la riqueza y por la vanidad, no tuvo respeto por el Creador ni por el ser humano, y tampoco se detuvo ante la creación. La desolación del subsuelo y del suelo, la devastación de la fauna, la flora y las cuencas hidrográficas, la contaminación del aire, de la tierra y las aguas quedarán por mucho tiempo como testimonio contra una praxis depredadora irracional e injustificable. También la creación sufrió pérdidas irrecuperables.

  1. LA REPARACIÓN.

¿Cómo reparar el daño que nos hemos causado? ¿Cómo reparar a las víctimas que peor han tenido que soportar tanto atropello, tanto dolor, tanta humillación, tanto despojo? Para todos es claro que eso es virtualmente imposible. No nos devolverán nuestros muertos. ¡Y ni piensen que nos los van a «pagar»! Pero no es del todo imposible. Los cristianos declaramos que hay uno que reparó por todos, y que quienes se acogen a él se asocian a su obra reparadora y encuentran la paz que su propia culpa les niega. No es preciso que todos abracen la fe cristiana –aunque eso nos llenaría de alegría– sino que todos nos empeñemos en rehacer la unidad fragmentada por nuestros demonios, desandar las trochas de la violencia.

La reparación más necesaria es la de la confianza entre los colombianos. «Que hable cada uno con verdad a su prójimo» (Ef 4,25), que la justicia del ciudadano supere las exigencias de convivencia codificadas en las leyes (cf. Mt 5,20), que la solidaridad derribe las barreras de hostilidad erigidas por los intereses mezquinos, y nos haga como los miembros de un solo cuerpo (cf. Ef 2,14.16), que la libertad trascienda la mera capacidad de actuar y se traduzca en capacidad de amar (cf. Ga 5,13-14).

Hay que reparar el ser humano para reparar el tejido social. Y esto es decisión individual y colectiva. Es responsabilidad de cada uno y de todos.

  1. LA NO-REPETICIÓN.

No queremos que se repita esta barbarie que nos duele y avergüenza. Y también depende de nosotros –como individuos y como colectividades– que no se repita. Nos espera la tarea de crear una cultura que haga impensable y prácticamente imposible repetirla.

En cuanto a la no-repetición, quiero recordar aquí las palabras del papa Pablo VI el 4 de octubre de 1965 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, y terminar con ellas: «Nunca más unos contra otros, jamás, jamás en lo sucesivo».

Muchas gracias.

Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 

Vicario general de la Diócesis de Sincelejo.

Párroco de la Catedral San Francisco de Asís.