Por: Pbro. Roberson Acosta Álvarez

Director de la Escuela Parroquial de Catequistas (Espac)

Memoria, actualización, eficacia sacramental. Estas y muchísimas otras palabras del vocabulario eclesial se encuentran en el trasfondo y trasversalmente atravesando el nuevo año litúrgico. Porque no celebramos fechas, sino un misterio, no un hecho perdido en el irrecuperable pasado, al que accedemos con la complicidad de la memoria, pero que no podemos traer al presente, sino, por la gracia sacramental, atemporalmente vivo en el ahora y aquí de nuestra temporalidad.

En efecto, en la sagrada liturgia del santo año litúrgico, Cristo, sumo y eterno sacerdote, vivo en su Cuerpo místico, la Iglesia, prolongado y presente en el sacerdocio de los obispos y sacerdotes, actualiza su evento salvador, acontecido una vez y para siempre. Nos lo renueva y trae presente, con toda su potencialidad, eficacia y efecto sacramental. Por gracia de su gracia, por su sacerdocio en sus sacerdotes, cuanto por obediencia al Padre, aconteció de sí y en sí mismo en el pasado, sigue aconteciendo de manera exacta e idéntica en el presente. Cuando éstos, (los sacerdotes) coherentes con la intención de la Santa Madre Iglesia, siguiendo al pie de la letra los rituales establecidos por la misma, se reúnen con su asamblea litúrgica para presidir el Santo Sacrificio de la Misa.

Semejante y único acontecimiento de gracia, tesoro, paso a paso saboreado, lenta, gozosa y exquisitamente disfrutado, lo vivimos en este viaje salvador del nuevo año iniciado ayer con las vísperas del primer domingo del Adviento. Un itinerario de celebración, contemplación y meditación del misterio salvador de Jesús, de los misterios que nos colmaron de salvación y vida nueva, siguiendo los pasos, fases y estaciones de su vida: encarnación, nacimiento, pasión, muerte, resurrección, ascensión, envío del Espíritu Santo, presencia viva en la vida ordinaria y confesión de su señorío.

Guiados nuestros sentidos por el Espíritu Santo, cual nodriza y maestra, bebiendo del rico pozo de la tradición litúrgica de la Iglesia, la Palabra de Dios y la piedad popular, a los pies del altar del sacrificio eucarístico, en ese espacio vital y concreto de cada Eucaristía diaria y dominical, presencia real y sacramental de Jesús, seremos instruidos en los matices, exigencias, particularidades y tareas de cada tiempo. A través de esta pedagogía matizada y colorida, con la Sagrada Escritura y la santa Tradición, pedagogía simbólica, gestual y eucológica, recorreremos completos los misterios que a nosotros nos dieron vida nueva.

Así, somos llevados desde ayer, con el inicio de este tiempo morado de la espera, al tiempo blanco de la Natividad.

Después de la fiesta del Bautismo del Señor, último día de Navidad, tras celebrar seis semanas de Tiempo Ordinario, el tiempo verde, con el Miércoles de Ceniza, entraremos a  los cinco domingos del tiempo morado penitencial de Cuaresma. Desierto e itinerario de preparación para el más hermoso y central de los tiempos: la Pascua. Y una vez recorridas las ocho semanas de resurrección, selladas con el domingo rojo de Pentecostés, retomaremos la senda del tiempo verde, hasta llegar a la cúspide y cima de este nuevo ciclo, el próximo año en la solemnidad de Cristo Rey, domingo XXXIV.