En su homilía de la Misa vespertina en la Catedral San Francisco de Asís para conmemorar la cena del Señor, monseñor José Clavijo Méndez, obispo de nuestra Diócesis, sostuvo que “la verdadera esclavitud no es la de Egipto, la verdadera esclavitud del hombre es el pecado”.

“Por tanto, la verdadera libertad, la verdadera liberación, es romper con el pecado. A eso vino Jesucristo y por eso entregó su cuerpo. «Esto es mi cuerpo que se entrega» ¿Qué significa que se entrega? Que se sacrifica a causa y por causa del pecado del mundo. Sobre su cuerpo, como lo escucharemos mañana en la liturgia de la pasión, se estrellan los pecados, los dolores, las esclavitudes, las miserias de toda la humanidad”, resaltó monseñor.

El obispo enfatizó en que la entrega de Jesús había sido tal que su cuerpo quedó tan desfigurado que la gente tenía que volver el rostro para no mirar.

Sobre el lavatorio de los pies, que él mismo imitó al lavar los pies de 12 jóvenes (hombres y mujeres) de la comunidad parroquial de la Catedral, señaló que Jesús había producido un rito nuevo, ya no el de los judíos, de lavarse las manos: “Y entonces les da (Jesús a sus apóstoles) un mandamiento: «Mi mandamiento es que se amen los unos a los otros, como yo los he amado»”.

“Démonos cuenta, hermanos, que aquí, en este misterio, en este mandamiento, muere todo egoísmo. ¿A quién llamamos nosotros egoísta? Egoísta es aquel que se ama tanto a sí mismo –y no digamos si se convierte en ególatra– que no ve a los demás, solo tiene ojos para sí mismo, solo se ama a sí mismo, solo se considera a sí mismo”, refirió el prelado.

Monseñor recalcó que el egoísmo es el hijo mayor del pecado original, porque cuando Adán se vio descubierto en desobediencia culpó a Eva porque pensó solo en él.

“Y por eso la tarea es creerle a Jesucristo y comenzar a caminar con su luz y con su guía hasta llegar a ser una auténtica comunidad cristiana, donde el lavatorio de los pies no sea un espectáculo al que se le toman fotos y se publican en Facebook, sino donde el lavatorio de los pies sea una práctica permanente, todos los días, del servicio al hermano por encima de mis intereses, de mi tiempo, de mis ocupaciones. El hermano es más importante que yo. Y como es más importante, yo le sirvo, porque es más que yo”, invitó nuestro pastor.

Acabada la celebración eucarística, monseñor recorrió en procesión el templo para dejar en el lugar de la reserva el cuerpo de Cristo, donde centenares de fieles iniciaron la adoración.

 

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