Monseñor Luis Mariano Montemayor cuando incensaba la imagen de María del Inmaculado Corazón, patrona de la Diócesis de Sincelejo.

Monseñor Luis Mariano Montemayor, nuncio apostólico del papa Francisco en Colombia, sugirió en su homilía de los 50 años de la Diócesis de Sincelejo adoptar tres actitudes con Dios por este nuevo aniversario: gratitud, discernimiento y esperanza.

El obispo mencionó que han sido 50 años de logros, pero que todavía falta mucho camino por recorrer.

Destacó la importancia de celebrar el cincuentenario como pueblo de Dios que peregrina en Sincelejo y recordó al papa san Juan Pablo II al pedir la santificación del tiempo.

Esta es su homilía completa:

«Den gritos de gozo y de júbilo, moradores de Sión. Qué grande es en medio de ti el santo de Israel.» (cf. Is 12,6). Esta aclamación del salmo responsorial recoge los sentimientos que brotan del corazón de la iglesia particular de Sincelejo al celebrar sus 50 años de existencia.

San Juan Pablo II, en su carta apostólica «Tertio millennio adveniente», con la cual indicaba el camino de preparación para el gran jubileo del año 2000, nos recordaba que el tiempo tiene una importancia fundamental en el cristianismo, pues en él acontece la revelación de Dios y en él se teje la historia de la salvación. Por ello, el tiempo se debe santificar, máxime considerando que con Jesucristo tiene lugar la llegada de los tiempos definitivos, del tiempo mesiánico del reino de Dios.

Celebrar una efeméride como esta supone, pues, un compromiso de santificar el tiempo; el tiempo que se festeja. Les invito, por tanto, a la luz de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado, a que vivamos estos días de fiesta santificándolos desde tres actitudes propias de nuestra vida cristiana: la gratitud, el discernimiento y la esperanza. Den gracias al Señor, aclamen su nombre, divulguen entre los pueblos sus hazañas, pregonen que es sublime su nombre. Este imperativo del salmo que concluye el libro del Emmanuel del profeta Isaías nos presenta los sentimientos de agradecimiento de un israelita atribulado a quien Dios ha socorrido y liberado. El salmista nos invita a reconocer que las hazañas de Yahveh se han hecho palpables en medio de la historia de nuestras vidas y, por supuesto, en el devenir histórico de esta diócesis.

Sí. Dios ha mostrado su gloria entre nosotros. Ha derramado copiosas gracias, dones y carismas, y ha hecho posible que se recojan grandes frutos a lo largo de estos 50 años de misión evangelizadora. Con su gracia ha fecundado y ha hecho prosperar la evangelización a los largo de todos estos años, proveyendo no solo pastores, ministros, religiosos, fieles laicos comprometidos, sino también los distintos medios, instrumentos y circunstancias que han favorecido la difusión de la semilla del evangelio, la construcción del reino de Dios, en esta realidad particular de la iglesia de Sincelejo.

El pasaje del evangelio según san Lucas que nos presenta la Virgen María, figura y modelo de todo creyente y de la Iglesia entera, nos dice que lo que ha sucedido en ella debe suceder en la vida de cada uno y de todos. El fíat, el sí de María, es el «sí» de la humanidad entera, que acoge y genera el verbo de Dios, de quien todo tiene principio y en quien todo alcanza su cumplimiento, su plenitud. La humilde doncella de Nazaret certifica con su «sí» el cumplimiento de las promesas de Dios, y, aceptando el anuncio divino, se declara esclava del Señor, la fiel servidora del querer de Dios, acogiendo dócilmente la Palabra de Dios, que se encarna en su mismo vientre purísimo. Una auténtica y sincera gratitud por los favores de Dios nos debe impulsar, al ejemplo de María, a la generosidad, la entrega y la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Para nosotros, también estos días de jubileo deben ser dedicados a vivir más íntimamente en la presencia de Dios, a dejarnos transformar por Jesús, a pedirle a Él que nos renueve y confirme en la docilidad a la voluntad de dios, a lo que él nos pide desde nuestra vocación específica y en nuestra realidad particular y, por supuesto, en el actuar devenir de esta Iglesia que peregrina en el departamento de Sucre. Y he aquí que se hace necesario un profundo y sincero discernimiento que permita identificar la voz de Dios en medio de los logros alcanzados, pero también de las dificultades que se enfrentan y de los retos y desafíos a los cuales se debe dar una respuesta evangélica que restaure y renueve, a la luz de la Palabra de dios, nuestra sociedad. No olvidemos que el Señor cuenta con nosotros y que cada uno es protagonista en la misión evangelizadora de la diócesis y de la Iglesia universal. Dios quiere, queramos nosotros también. La Diócesis de Sincelejo es una «comunidad comprometida con la nueva evangelización». Y esta expresión, que creó originalmente san Juan Pablo II, hace alusión al esfuerzo constante que debe realizar la Iglesia para dar respuestas adecuadas y eficaces, desde su vocación misionera y leyendo los signos de los tiempos a los grandes desafíos que actualmente conlleva el anuncio del evangelio. Sin lugar a dudas, un auténtico discernimiento nos hará concluir que falta mucho camino que recorrer para consolidar la reconciliación y la paz entre los colombianos. Que muchos son los retos que se deben enfrentar para construir una patria para todos, donde nadie se sienta excluido. Que son muchas las necesidades a las cuales se debe atender para que la justicia y la equidad reinen entre nosotros.

Anoche, en una cena en casa del obispo, tuve la oportunidad de hablar con el señor gobernador (de Sucre), con el señor alcalde (de Sincelejo), con el coronel comandante de la Policía del Departamento. Y tuve así la posibilidad de conocer, más concretamente, algunos de los desafíos que enfrenta la sociedad civil del Departamento de Sucre.

Ciertamente, no va a ser tarea fácil. Todo lo contrario. Sin embargo, el anuncio de la buena nueva de Jesús no nos permite actitudes de desánimo conformistas o, peor aún, pesimistas. Nuestra fe en aquel que murió en la cruz nos debe llevar vivir con esperanza, confiando siempre en la bendición de Dios.

Esa bendición que es tan cara al corazón de los colombianos y que Egan (Bernal) inmortalizó ante el mundo pidiendo la bendición de los suyos y dando la bendición a los suyos.

Esta esperanza es el mensaje del libro del Apocalipsis, que, en todo su lenguaje simbólico, antes que sembrar el miedo y la incertidumbre en la comunidad de los creyentes, busca infundir esperanza en el Dios de la vida, en aquel que es el alfa y la omega; el principio y el fin, el viviente, como lo describe tan bien el autor del Apocalipsis. Por ello, nos presenta esa visión magnífica de la Jerusalén celestial, afirmando: “Vi un cielo nuevo y una nueva tierra” (cf. Ap 21,1-8). Esta es la morada de Dios con los hombres, y «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llantos, ni gritos, ni fatigas» (cf. Ap 21,4-8). Al que tenga sed yo le daré del manantial del agua de la vida”. Y concluye: “Yo seré Dios para él; y él será hijo para mí”. Dios es nuestro padre misericordioso. Este es el mensaje de Jesús, que nos ha enseñado a dirigirnos a Dios en la oración con el nombre de «abbá», «papá», «Padre Nuestro». Y este es el fundamento de nuestra esperanza. Sí. Es verdad. Queridos hermanos y hermanas, el Señor quiere pasar una vez más por esta porción de su pueblo, por nuestra casa, el milagro de su presencia viva y actuante para darnos vida. Él quiere confirmarnos como sus discípulos y testigos de la buena nueva del evangelio hasta los confines de este Sucre, tesoro de belleza sin igual, de esta tierra toda entera, que es un jardín primaveral, como expresan vuestros poetas.

Hermanos y hermanas de la Diócesis de Sincelejo, mucho camino ha sido recorrido, mucho camino nos falta, muchas cosas no han sido buenas, pero podemos cambiar. Es lo que nos dice el papa Francisco. No estamos condenados a repetir siempre los mismos errores. Podemos cambiar. Jesús nos invita a cambiar. “Convertíos y creed en el evangelio”. Ha sido su primera predicación, así empezó a desinstalarnos, a sacudirnos, a invitarnos a un reino de fraternidad, de paz y de amor. Nos ha invitado a empezar a construir en esta tierra que se nos ha confiado, esa Jerusalén celestial que Él llevará a su plenitud el día en que hará nuevas todas las cosas. Pero a nosotros nos toca poner nuestro grano de arena en esta gran construcción. Nos toca enfrentar los desafíos que la realidad nos presenta, nos toca vivir con disposición de servicio, como María; con docilidad a la Palabra de Dios que, en definitiva, es la receta para evitar tantos males. Los diez mandamientos parecen duros, pero mucho más duras son las consecuencias de no cumplirlos. Dios solo quiere encauzar nuestras energías para que haya bien, vida, paz, fraternidad, y no mal, odio disensiones, violencia, muerte.

Que María nos enseñe a decir, nosotros también, nuestro «sí». Nuestro fíat. Que se haga Su voluntad en mi vida, primero, y entre nosotros, juntos. Que el corazón inmaculado de María transforme nuestro corazón para que sea puro, sin doblez, sincero en este «sí», en esta acogida a la voluntad de Dios, a la Palabra de Dios en nuestra vida, en nuestra sociedad, en nuestra diócesis. Que así sea, por la gracia de Dios.