El padre José María del Carmen Pacheco Sierra.

Este año, diferentes sacerdotes de la Diócesis de Sincelejo han llegado a nuevas parroquias. Dos de ellos nos han compartido la historia de su vida y vocación. El turno es hoy para el padre José María Pacheco Sierra.

La semana anterior conocimos la del padre Édgar Salcedo Manjarrés. Encuéntrala al final de esta historia.

Por Julio Sierra Domínguez

Era un diciembre de 1957 cuando Rafael María y Edita Isabel, en vísperas de la Navidad, le pidieron al Niño Dios que les diera el último hijo. Las súplicas quedaron sembradas en el ambiente, dado que esa pareja ya había tenido 8 hijos, 6 mujeres y 2 varones. -¡Para qué más!, dijo una visitante ocasional que siempre estaba en todo acto comunicativo que se pudiera multiplicar en la cuadra. -¡A usted qué le importa!, le respondió un amigo del señor Rafael María que se hallaba en ese momento conversando con ellos. -¡No se martiricen por eso!, dijo la señora Edita Isabel, algo preocupada, dado el tono utilizado por el amigo de Rafael María. ¡Dejen eso en la manos de Dios!, – finalizo la señora Edita Isabel.


Desde ese momento los días no fueron iguales y en el ambiente de la familia se sentía un olor a hierbas frescas, como si el árbol de matarratón estuviera florecido. Y pasó la Navidad y se entró el Año Nuevo y vino el día de Reyes, el 6 de enero. Con ello, la promesa de los regalos: oro, incienso y mirra. Y sonaban los tambores y aún los pitos regalados por el Niño Dios, a imagen y semejanza de los padres que practicaban, cada año, la misma escena, siempre nueva.


Y llegó marzo con sus cargas de aguacates y el olor de las galletas grandes de la señora Chepa. Al igual, el camino polvoriento que se venía de los cerros. Todo en el pueblo era una sola cosa. Se rezaba, se criticaba, se trabajaba y se hacían hijos. Pero ellos, aún respetaban a sus padres y cuidaban los principios que habían hecho costumbre dentro de cada casa.
Edita Isabel, por su lado, nunca perdió la memoria. Sabía que en su vientre estaba el último sueño de una mujer que nunca se negó a la vida. Y acariciaba su vientre y saboreaba lo dulce y lo agrio que cruzaba por sus sentidos. Aunque, de verdad, su barriga era una barriga de antojos comunes. Hielo picado, mango biche con sal, heladito de leche con cola en conito, caldito de paloma con papita bien picada. Era amante de los perfumes suaves pero en esa época no los quería en los alrededores de su cuadra. Ella nunca perdió el apetito y tampoco se le dio por cogerle rabia a su marido en esta época de antojos.


En los seis primeros meses arrancaba las hojas del almanaque que le habían regalado en la farmacia del centro, cerca de la iglesia parroquial de El Carmen de Bolívar, la tierra donde vivían. Más tarde, tachaba los días sin arrancar las hojas. El encanto de su vientre se hacía más sonoro y el movimiento del mar parecía que ahora se hubiese trasladado a la cuna de agua donde ella refrescaba sus ilusiones. Pasados los días, Rafael María le dijo en su oído. -Mija, ya estás entrando en la fecha. Ella, denotando estar distraída, le preguntó. -¿Qué fecha, mijo? Él, sin darle otra explicación, le miró a los ojos y eso bastó para responderle.


Cuando llegó el mes de septiembre, Edita Isabel ya no encontraba donde pararse. La barriga era grande, ronda y pesada. Lo que indicaba que era un hijo varón y que su peso y tamaño ya le hacían pasar muchos ratos sentada. Después del 15 de septiembre de 1958, los trajines del cuerpo de Edita Isabel se mezclaban con los trajines del alma. Ya ella quería parir a su criatura. La ansiaba en sus brazos. Ese deseo agilizó los días y el 29 de septiembre, apenas la prima noche, los trajines del parto iniciaron su canción. 


Edita Isabel Sierra Saya entregaba todo su ser a la bella exclamación que ahora cogía fuerza en medio del gozo y del dolor. Rafael María Pacheco Barboza sólo protegía el momento, sin negar que, para él, el dolor de su mujer era su dolor y el gozo que sentía su mujer era su gozo. Por eso, tomados de la mano, caminando de un lado para otro de la sala de la casa, no perdían ningún segundo del reloj. 


Entre ir y venir sobre los mismos pasos, Edita Isabel le contó a su marido que un día había hablado con una mujer parecida a una gitana y le había dicho que los nacidos el 30 de septiembre son expertos en descubrir la verdad y sacarla a la luz. Su actitud perfeccionista se pone de manifiesto en sus hábitos de trabajo. Son personas que rara vez abren la boca sin haberse informado antes, y aunque también pueden ser impulsivas, casi siempre tienen armas para respaldar sus opiniones. A eso hay que agregarle, expresó Rafael María, que este 30 de septiembre es martes, lo que quiere decir que este muchachito va a ser guerrero, luchador y defensor de la verdad de Dios.


Terminado este relato, Edita Isabel empezó a sentir un escalofrío por sus carnes y por sus huesos. La noche estaba avanzada y la madrugada del martes 30 de septiembre de 1958 no daba espera. Unas gotas de agua muy tibia se deslizaban por sus piernas y ya no quedaba más tiempo. Al instante, respiró profundo y no supo más. Al regresar de esa búsqueda halló en su lado a un niño de piel de ébano que tenía todo su cuerpo acomodado entre su brazo izquierdo y su costilla de la herencia.


El Carmen de Bolívar aceptó la noticia bien temprano y se fue regando de boca en boca como una bola de candela en los tiempos de la Virgen del Carmen. Y la familia de Edita Isabel y los parientes de Rafael María no dieron espera. Uno a uno fue llegando al lugar de todos los acontecimientos. Y les rogaban a la Virgen del Carmen y a san José que ese niño siguiera los pasos de su hijo. Y a ellos se lo dedicaron desde los primeros días. José María, será su nombre, dijo su padre Rafael, un hombre de tez mulata salido de las entrañas de Salitral. Si, ese nombre me gusta, exclamó Edita Isabel, su madre, y será dedicado a la Virgen del Carmen, finalizo con voz tierna, como si las olas del mar que reposaban en las playas de Tolú, su tierra natal, así lo confirmaran. 


La experiencia acumulada, dados los trajines de crianza de Elvia, Carmen, Rafael Enrique, Arnulfo, Digna, Sonia, Miriam y Ledis Leonor ayudarían a aliviar el camino que se esperaba con la nueva criatura. Pero ahora, pensaban, las cosas serían un poco diferentes, las señales del cielo y de la tierra así lo han venido descifrando. 


Por los mismos designios al varón había que presentarlo en el templo. Era una costumbre de familia que no se podía olvidar. José María Pacheco y Leonor Barboza, sus abuelos paternos, lo hacían cada vez que ofrecían un hijo a Dios. José Isabel Sierra y Mercedes Sayas, sus abuelos maternos, nunca omitieron este hecho. De ahí que Rafael y Edita hablaran con César Zabala y Josefina Narváez para que aceptaran ser los padrinos del recién nacido. Ellos recibieron la invitación como un honor y permitieron que el 8 de noviembre de 1958 la iglesia parroquial Nuestra Señora del Carmen, del Carmen de Bolívar, fuera el epicentro del magno acontecimiento. 


Apenas llegada la hora acostumbrada, el sacerdote Eugenio Merlano pronunció con voz fuerte y ceremonial: “José María del Carmen Pacheco Sierra, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Dicho esto, una luz brillante rodeó la pila bautismal y una humedad de franca alegría se dejaba ver en los ojos de sus padres.


Los años de niño transcurrieron como los de cualquier niño de su cuadra, pero cuando tenía 6 años murió Edita Isabel, su madre, misma época en que Enrique, el hermano mayor, les invitó para que se trasladaran a Ovejas e hicieran ahí la continuación de su vida, dados los momentos difíciles que vivía la población donde ellos residían por el miedo sembrado por el enfrentamientos violentos entre dos familias claves de los mismos lugares. Esta invitación fue un mandato y así se cumplió.


Al cruzar por las calles y por la escuela era niño de travesuras. En el colegio descubrió la alegría de su alma y su afición por la música y el baile y por los deportes. Igual, su entusiasmo por las cosas que se aproximaran a la casa de los ritos religiosos. Llegó a ser acólito de la parroquia de Ovejas y animador de representaciones religiosas y de fiestas culturales y folclóricas que se desarrollaban alrededor de san Francisco y del festival de las gaitas del pueblo que lo recibió como hijo nacido en la misma tierra.


En uno de los intercambios juveniles con la casa franciscana de Villa Bernarda, en los linderos de Morroa, Sucre, sintió que su llamado a la vida religiosa era en serio. Ese era su desvelo. Había que decidir el vuelo suelto de su alma alrededor del peregrino de Emaús. Apenas apareció el año 1982, su morral de colegial fue cambiado por una maleta de cuero con pequeño candado de seguridad. Pocas mudas de ropa y pequeños detalles personales pero una decisión firme de llegar al seminario Juan XXIII de la ciudad de Barranquilla. Llegado el 25 de febrero de 1989, se ubicó en las manos de Dios, asunto que le permitió a monseñor Héctor Jaramillo Duque ordenarlo como sacerdote para la Diócesis de Sincelejo, Sucre, Colombia.


Morroa, Toluviejo, Caimito, Buenavista, Majagual, la Villa de San Benito, San Onofre, Los Palmitos y Sucre, Sucre, han sido sus casas durante estos 25 años de su vida sacerdotal. En cada lugar ha sembrado la palabra bendecida y el cariño y el respeto de los nativos. Hoy, cuando los días han cruzado y los riesgos y las perturbaciones han sido inferiores a su amor por el apostolado de Jesús, vale la pena decir que lo importante de su vida es que nunca ha dejado el amor por su tierra, por su familia y por sus compañeros en el resguardo de los rebaños. Esto nos motiva a notificar, a toda voz, que José María del Carmen Pacheco Sierra es un mulato que no se niega a continuar caminando con el peregrino de Emaús, asunto que nos hace florecer junto a su sombra.Desde la Villa de Samadhi, lugar anclado en

La Gallera, Sincelejo, Sucre, Colombia.
Febrero 14 de 2014.

Soy pastor de Ovejas.