MENSAJE PASTORAL DEL SEÑOR OBISPO DE SINCELEJO, MONSEÑOR JOSÉ CLAVIJO MÉNDEZ, CON MOTIVO DE LA CRISIS HUMANITARIA Y SOCIAL DESATADA POR LA PANDEMIA DEL VIRUS COVID-19

A los sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles laicos y a la ciudadanía en general que habitan actualmente el territorio del departamento de Sucre y de la Diócesis de Sincelejo.

Comencé a escribir este mensaje el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación del Señor, a los treinta años de la encíclica Evangelium Vitae, de su santidad san Juan Pablo II, y a los cinco años de mi entrada a Sincelejo para tomar posesión de la diócesis. Como en la fe no existen casualidades, he estado meditando a la luz de la Palabra de Dios para hacer un discernimiento espiritual de lo que ocurre y tratar de leer la voluntad de Dios, su designio sobre nosotros, sobre Colombia y sobre la humanidad, en estas dolorosas y novedosas circunstancias de la historia.

¿Coincidencia?

¿Es una coincidencia que la cuarentena decretada por las autoridades, para frenar el avance de la infección, haya ocurrido para los colombianos en el tiempo de la Cuaresma? Viéndola desde la fe, estoy convencido de que no es una coincidencia, sino una oportunidad de aprender muchas cosas, no solo a nivel espiritual, sino, incluso, a nivel humano y social, a las que me iré refiriendo a lo largo de este mensaje. Bastaría con caer en la cuenta de que Cuaresma y cuarentena, en cierta manera, significan, etimológica y conceptualmente, lo mismo: La cuarentena se guarda durante cuarenta días, lo mismo que la Cuaresma; de la Cuaresma ya han corrido 30 días, nos encontramos en los últimos 10 y la cuarentena o aislamiento voluntario apenas la estamos comenzando. La cuarentena, en cierta forma, ha venido como una oportunidad de vivir en carne propia muchos de los valores de la Cuaresma y todos estamos invitados a aprovecharla en este sentido: una coyuntura para crecer como personas, como familia, como comunidad y como sociedad. Crecer y ser mejores. Tal vez estábamos más preocupados por crecer hacia fuera, y lo que está aconteciendo nos puede permitir crecer desde dentro, preocuparnos por ser más y no por tener más.

En la sagrada escritura nos encontramos dos momentos de la historia de la salvación que están muy ligados a la comprensión de nuestra Cuaresma actual, y le dan un contenido que va mucho más allá de las devociones populares: la travesía del desierto y la experiencia del exilio. En ambas situaciones encuentro algunas similitudes con las circunstancias que estamos viviendo, que me están ayudando personalmente, y pienso que pueden ayudarles también a ustedes a entenderlas bajo esa luz y sacar un mejor provecho de la Cuaresma y de la cuarentena o aislamiento voluntario.

Cuaresma y desierto

La travesía del desierto la encontramos en el libro del Éxodo, de lectura obligada, ojalá junto con el libro del Deuteronomio, para el tiempo de Cuaresma. Como ahora disponemos de tiempo, podemos aprovechar estos días en casa para leer y orar cada día con un buen fragmento de estos dos libros de la sagrada Biblia. Me permito describir brevemente la narración bíblica, advirtiendo que esta descripción no pretende sustituir la lectura y meditación del pasaje bíblico. Moisés, enviado por Dios, va a Egipto a sacar de la esclavitud a la que están sometidos los descendientes de Abraham y de Jacob por el rey Faraón de Egipto. Ellos estaban allí desde cuando José, hijo de Jacob, llegó a ser salvador y primer ministro de Egipto. Pocos años después de la muerte de José, los egipcios se olvidaron de él y, por más de 400 años, sometieron a su pueblo a una dura esclavitud. Moisés se enfrenta al Faraón y tras duros alegatos con acompañamiento de milagros por parte de Dios, logra sacar al pueblo de la esclavitud y llevarlo por el desierto hasta el Monte Sinaí, donde Dios selló una alianza con el pueblo. El desierto fue una gran purificación y preparación para la conquista y posesión de la tierra prometida por Dios a Abraham y sus descendientes. Cuarenta años duró esa travesía de aprendizaje.

Los cuarenta años de desierto constituyeron una escuela, un aprendizaje para que aquellos que solo sabían ser esclavos, vivir como esclavos, pensar y actuar como esclavos, sin libertad y sin responsabilidad, aprendieran a ser hermanos hijos de un mismo padre, Abraham, el amigo de Dios. Fue un aprendizaje muy duro, con muchas pruebas y rebeliones, en el que sobresale constantemente el amor misericordioso de Dios, que camina a su lado como peregrino; la paciencia de Moisés y la enorme dificultad de aquellos esclavos para aprender a ser pueblo. Después de 400 años viviendo como esclavos se vieron avocados a vivir en una situación totalmente diferente, cambiando de lugar todos los días, sin ninguna seguridad de nada, dependiendo totalmente de Dios y de la confianza en que Dios, efectivamente, estaba con Moisés y hablaba a Moisés; era tal la incertidumbre, que frecuentemente añoraban aquella vida de esclavos en la que, por lo menos, sabían que mañana habría látigos, atropellos y fatiga, pero habría también comida y parecía que la comida era preferible a la libertad y la indignidad a la dignidad. Ese pan que Dios les daba en el desierto les sabía a un «manjar miserable» (Nm 21,5). Dios quería entregarles una tierra en la que vivieran como hermanos, construyeran juntos en justicia y equidad, aprendieran a ser libres y también responsables, a construir un mundo nuevo en el que todo fuera de todos y todos responsables de todo y de todos, en lo que consiste la verdadera libertad. Pasados los 40 años, tras renovar la alianza con Dios, conquistaron poco a poco aquella tierra maravillosa que manaba leche y miel (Ex. 3.8.17; 13,5; 33,3; Lv 13,24; Nm 13,27; Dt 6,3, etc.), viviendo unidos por una misma fe, tratando de cumplirle con gratitud a Dios en todo (Jos 24, 1-25).

Cuaresma y exilio

Pero no faltaron las vicisitudes. Cuando por fin llegaron a ese ideal de patria en la que la fe y el patriotismo se confundían porque su ley era la ley de Dios, la prosperidad los llevó a fijarse más en las costumbres y creencias de los pueblos vecinos y su corazón se entibió y su fe se apagó. Ya no fueron más hermanos los unos de los otros, sino que se dividieron en dos reinos, y, uno contra otro, se desgastaron en guerras y alianzas inútiles, hasta que otros imperios más poderosos, Asiria y Babilonia, los invadieron, destruyeron sus ciudades y sus templos y fueron obligados a salir nuevamente, a volver a ser esclavos, a vivir como extranjeros en un país extraño, añorando su culto, olvidando sus cantos y costumbres (Sal 137), hasta cuando los profetas, poco a poco, les fueron animando el corazón con la esperanza de volver (Sal 126). Allí, en Asiria y en Babilonia, desarraigados y tristes, aprendieron a conocer y a amar su historia, a conocer esa nueva faceta de un Dios que se hace presente en la historia. Allí adquieren la conciencia de ser el pueblo de la Palabra y el pueblo de la escucha (Is. 55,2-13). La Palabra de Dios, narrada de padres a hijos, les hizo entender su fe, purificarla y profundizarla, y entonces el rey Ciro de Persia les permitió volver de nuevo a reconstruir su país, su ciudad, su templo y su culto (Esd 1,1-6; 3,1-13; 19,22), a reaprender sus canciones y a obedecer agradecidos a su Dios (Ne 8,9-18), ese Dios tan distinto de los otros dioses, que se deja ver en los acontecimientos de la Historia y se hace en ellos Palabra de vida.

La Cuaresma

Cada año, la Cuaresma nos propone esa historia, ahora llevada a la plenitud por Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, que se hizo hombre para mostrarnos el verdadero rostro de Dios; él, en sus enseñanzas que llamamos «Evangelio», como un nuevo Moisés, nos recuerda que por ese evangelio hemos sido hechos hermanos los unos de los otros, Hijos del Padre Dios y que, por tanto, hemos de purificar nuestras vidas de todo lo que le sea contrario, hemos de encontrar el más genuino valor de la fe recibida en el bautismo y hemos de proyectar esa fe hacia nuevas relaciones con nuestros semejantes, sean o no creyentes; y mostrarles con nuestra conducta solidaria el verdadero valor de la vida y el sentido maravilloso de compartir un territorio, una ciudad, un barrio, en los que todos somos necesarios para todos, todos hermanos de todos, todos responsables de todo, hasta el punto de que entendemos que el bien de todos está por encima de mi bien particular, que el dolor de mi hermano, de mi vecino, y hasta el de mi enemigo, es mi propio dolor, y que la indiferencia y el «sálvese quien pueda y como pueda» o el «no sea sapo», no puede nunca constituir la norma de nuestra convivencia. La conversión, por tanto, no consiste en rezar más cosas o durante más tiempo, sino en luchar cada uno por ser mejor persona e irlo mostrando en nuestros comportamientos con los demás. La entrada a la Pascua, para la que nos prepara la Cuaresma, constituye cada año el sello de que hemos entendido lo que significa ser cristianos y empezamos a vivirlo con indescriptible gozo, porque la Pascua nos hace hermanos, porque hemos dado muerte a los odios, las indiferencias, las envidias, las rencillas y hemos acabado con todos nuestros enemigos porque ahora son amigos nuestros.

La cuarentena

Por estos días se escucha repetidamente que, después del coronavirus, todos seremos diferentes y saldrá una humanidad muy diferente. Hasta los jóvenes «millenials» lo repiten en sus «chats».

Las reflexiones y meditaciones a la luz del éxodo y del exilio que he querido presentar en los párrafos anteriores me llevan ahora a compartirles unas conclusiones a las que he ido llegando, con la esperanza de que a muchos pueda ayudar mi reflexión compartida y de que otros muchos me ayuden a profundizar en lo que aquí propongo.

La Cuaresma y la cuarentena se parecen mucho. La cuarentena también nos llama a una conversión, y, si es ayudada por la Cuaresma, tendrá mejores resultados. Cada día que transcurre nos vemos forzados a aprender el enorme valor del hogar y de la familia como escuela donde somos enseñados a convivir y compartir en sociedad. Pasando días enteros con la familia reunida dentro de la casa, aprendemos a conocernos mejor cada uno y también a conocer a los demás miembros de la familia y a comprender a cada uno como alguien diferente, a cada uno con sus riquezas y sus pobrezas, y cada uno aportando desde sus cualidades y posibilidades para que entre todos sean esa familia que soñó la pareja de padres el día que se decidieron a conformar juntos un hogar; compartir, dialogar, jugar, cultivar conocimientos, trabajo, valores, propósitos, oración y espiritualidad y hacer de cada jornada un taller de familia, de diálogo, de franqueza y de sinceridad, de perdón y de propósitos de bien. Queremos y podemos convertir el hogar en la mejor escuela para aprender a ser mejores personas, que reciben y que aportan con alegría.

El aislamiento también nos permite valorar la riqueza del barrio, del vecindario, de los amigos y de los compañeros de trabajo y a entender que, por más que las redes nos permitan mantenernos comunicados, no son suficientes para mantenernos unidos. Aprenderemos, entonces, a valorar la comunidad, el vecindario, la parroquia, el grupo de amigos y a ir pensando nuevas formas de relación que pasen de la superficialidad a la profundidad. Cuando el pobre se aísla, se muere en su soledad; cuando los pobres se unen, no solo suman, sino que multiplican. Muchas veces la pobreza es más un estado mental que una realidad social. Muchos podrán aprender que no valemos por lo que tenemos, sino por lo que somos, y a descubrir que ser personas es parecerse a Dios, que es uno y trino: solo no valgo nada, unirme a los otros, aunque sean diferentes a mí, me hace fuerte y me permite conocer mi individualidad, hacerla respetar y también respetar la alteridad y la «projimidad»: el otro es tan respetable como yo y también tiene derechos que para mí son deberes. Mis derechos valen tanto cuanto valen los de los demás. Magnífica oportunidad se nos ofrece para desarmarnos de una vez por todas, olvidar el lenguaje de la agresión y la desconfianza, y aprender un nuevo lenguaje de convivencia pacífica, de sincera amistad, de honestidad, de legalidad y de confianza en la palabra dada.

Nos quedamos sin rutina de trabajo y nos sentimos desprogramados y obligados a recrear formas nuevas de trabajo, valorando y estimulando la creatividad y el ingenio; muchos que vivían de la informalidad pasarán trabajos y angustias viendo el sufrimiento de sus hijos que difícilmente entenderán por qué no hay comida. Mucho podemos aprender de esa realidad. La primera tentación en el desierto fue a causa del pan porque añoraban la carne que les daban en Egipto a cambio de ser buenos esclavos. La precariedad del desierto les enseñó durante cuarenta años que no sólo de pan vive el hombre (Dt 8,3; Mt 4,4) y que hay otro alimento que el hombre necesita y que es el que le da la verdadera vida (Jn 4,32-34; 6,27. 35); aprenderemos a vivir sin tantas cosas inútiles, sin tantas necesidades creadas, purificando nuestras obsesiones consumistas de llenarnos de cosas inútiles e innecesarias; aprenderemos a reconocer y a valorar lo que es esencial y a desdeñar lo que es superfluo, de modo que podamos invertir más en cultivar lo espiritual y lo afectivo y menos en lo material, pero, sobre todo, estamos ya aprendiendo a compartir y ser solidarios, a mirar más allá de las paredes de nuestra casa, a desprendernos con generosidad para compartir con otros, a hacer pequeños o grandes sacrificios con tal de que logremos que emerja de la crisis una humanidad totalmente nueva, que, aunque no sea tan nueva, sí sea de verdad auténticamente humana.

Y desde aquí, quizá profundizando un poco más, aprenderemos una nueva economía; dejaremos de ser fichas de un sistema económico montado sobre el individualismo egoísta que genera relaciones injustas y opresoras en las que unos pocos se van quedando con todo y una multitud inmensa es descartada y desechada, como el pobre Lázaro en el portal del rico insensato (Lc 16,19-31); y aprenderemos una nueva economía solidaria, fraterna, de comunión, en la que el primer valor es el prójimo y en la que será intolerable la inequidad y la desigualdad; en la que la Creación será respetada por todos y no utilizada y destrozada para fabricar montones de dinero a costa de las especies vivas y del equilibrio ambiental; en la que el agua será más importante que el oro y que el petróleo y el progreso no se medirá por índices económicos, sino por índices humanistas y humanitarios.

Cielos nuevos y tierra nueva

Entonces, tal vez, alcanzaremos a ver, o a vislumbrar, al menos, los cielos nuevos y la tierra nueva (Is 65,17; 2Pe 3,13) y empezaremos a poner los cimientos de la ciudad nueva, aquella que soñó san Agustín, no construida sobre la sangre de los vencidos, sino sobre la roca firme y que no podrá ser derribada por ningún avatar de la historia ni por la ambición de los imperios de turno porque su ley es el amor y, aunque no seamos nosotros los que la habitemos, sí la habitarán nuestros hijos y nuestros nietos que bendecirán nuestros nombres y nos recordarán como los antepasados que pusimos los cimientos de una nueva civilización que ellos construirán y hermosearán.

Todo esto y mucho más será posible si aprendemos las elementales lecciones de convivencia que se nos están pidiendo, como si fueran el primer paso que debemos dar, cosas para nada difíciles o imposibles: quedarnos en casa, cuidar nuestros abuelos, aislarnos no por represión, sino por convicción; observar unos sencillos protocolos de biosalud y, sobre todo, cuidarnos los unos a los otros y no los unos de los otros.

Les pido, como Obispo de la porción de Iglesia que peregrina en el territorio sucreño, que agradezcamos en nuestra oración el sacrificio de tantos médicos y del personal sanitario, el esfuerzo de nuestras autoridades que se desgastan para encontrar caminos que nos hagan más llevadera la crisis, los gestos de solidaridad de tantos empresarios, comunicadores, Fuerzas Militares y de Policía, voluntariados, científicos que buscan la cura eficaz y tantos otros que no vemos por televisión, pero que están aportando generosamente lo que saben y lo que pueden, y que supliquemos confiada y persistentemente la curación de los enfermos, la salvación y el descanso eterno de los que han muerto y la pronta erradicación de la plaga que nos azota.

Pongo humildemente y con convicción de fe, bajo el manto protector de nuestra señora, la Virgen María del corazón inmaculado, patrona de la Diócesis de Sincelejo; de san Francisco de Asís, patrono de Sincelejo, y de cada uno de los patronos de los municipios del departamento de Sucre, a todos y cada uno de los sucreños. Que ellos intercedan ante nuestro Dios y Señor para que la pandemia no atraviese nuestras fronteras departamentales y sea más benévola en nuestro país, que ha sufrido tanto durante mucho tiempo la plaga de la guerra y de las múltiples formas de violencia.

Con mi bendición episcopal.

Dado en Sincelejo el 27 de marzo de 2020 en el quinto aniversario de mi posesión episcopal.

+JOSÉ CLAVIJO MÉNDEZ
Obispo de Sincelejo

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