Monseñor José Clavijo durante la adoración al Niño Jesús.

Encuentra al final la dos partes de la transmisión de la Vigilia de Navidad.

Una homilía centrada en la pobreza material y espiritual y en el deber que tenemos como cristianos de atender a quienes están en esas condiciones predicó este 24 de diciembre monseñor José Clavijo Méndez.

Lo hizo en la Vigilia de Navidad en la catedral San Francisco de Asís, donde le acompañaron en la concelebración los sacerdotes Ismael Acosta, párroco; los vicarios Ramiro Gómez y Luis Díaz, y Martín Argumedo, capellán del Departamento de Policía Sucre.

“Tengamos presentes a tantos pobres que hay en nuestro alrededor, y que la Navidad nos acerque a ellos de alguna forma para llevarles consuelo y la esperanza. No para hacer sentir nuestra prepotencia ni para hacerles pesar nuestra caridad, sino para estrechar sus manos y abrazar sus hombros y besar sus caras sucias, como hicieron los grandes santos, como hizo san Francisco; acercarnos al pobre, para llevarle el consuelo, no solamente material sino para llevarle la presencia de Jesucristo que es lo mejor que podemos darle; es la mejor manera de celebrar la Navidad”.

Monseñor invitó a no dejarse llevar por el consumismo que caracteriza a este tiempo y más bien compartir lo que tenemos con los hermanos pobres y necesitados.

“Haremos muchísimo mejor y, sobre todo, haremos que Jesucristo nazca en ellos y en nosotros, porque la evangelización se hace con palabras, pero, sobre todo, con obras. Que seamos ángeles que anuncian allí donde hay personas necesitadas”.

La verdadera alegría

Clavijo aclaró que la verdadera alegría no es aquella que aparenta ofrecer el mundo con chistes y risas producto de momentos relacionados con las fiestas y el consumo de licor que pueden tener lugar por estos días.

“Lo que produce alegría en lo profundo del ser humano es la comunión con Dios. Y este es el anuncio: no solamente que Dios se ha dignado venir, no ha tenido miedo, ni asco, ni desconfianza, sino que, ya que los reyes no sirvieron para lo que debieron haber servido, ni en Israel ni en Judá, Él mismo se ha venido. No para reinar con centro de hierro ni con voz de mando, sino para acompañar al hombre en su dolor y en su sufrimiento”.

Con el nacimiento humilde de Jesús, enseñó monseñor, no hay motivo para sentirse excluido por Dios.

“Y por eso no ha escogido un palacio para nacer ni ha escogido una cuna de sedas, llena de perfumes y de suaves olores y de cantos angelicales sino que ha querido nacer en una inmundicia de pesebre, para que el hombre, en lo más miserable de su existencia, pueda encontrarse con el amor de Dios, para que ningún hombre pueda decir: ‘Aquí no viene Dios, Dios por aquí no se asoma’”.

Navidad en la cárcel

Antes de celebrar la Navidad en la catedral, monseñor visitó la cárcel La Vega de Sincelejo y compartió los internos de los cinco los patios, de quienes recalcó “son hermanos nuestros”.

“Fue algo realmente impresionante: hombres y mujeres que podríamos llamar de lo más miserable en el sentido de sus condiciones humanas tan deplorables, de su condición espiritual, de su condición personal, degradados por vicios, por los crímenes o por los delitos. Pero hermanos nuestros, semejantes a nosotros. Y yo les decía y lo dije en cada uno de los patios: ‘Cuando nazca Jesús tendrá muchísimo más gusto de venir a nacer aquí, en este patio de la cárcel, que en los pesebres lujosos y llenos de luces de nuestras parroquias, incluso, del Vaticano’. Porque aquel que fue a nacer en un pesebre y no en un palacio demostró con ese gesto que ama al hombre no solamente cuando es bueno, cuando hace las cosas correctamente. Es más, Él dijo: ‘Yo no he venido por los que están bien, sino por los que están mal; yo no he venido por los que no necesitan conversión, sino por aquellos que necesitan de la conversión’”.

Y agregó: “Y por eso, seguramente, que allí donde hay un hermano enfermo que ya no puede acercarse a la parroquia a celebrar la Navidad, y que tal vez nos está viendo por las redes sociales en este momento; allí donde hay un pobre, un desgraciado, a quien la gente rechaza por antisocial, o por su forma de vestir, o por su forma de ser, allí nace Jesucristo, allí golpea Jesucristo a la puerta pidiendo entrar, para que aquel pobre hombre, aquella pobre mujer, le abran su corazón; porque Él prefiere los lugares más miserables de la tierra para mostrar su poder y su grandeza”.