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Oraciones 24 de Julio de 2022

ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, protector de los que esperan en ti, fuera de quien nada tiene valor ni santidad; acrecienta sobre nosotros tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, usemos los bienes pasajeros de tal modo que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amen.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Padre, estos dones recibidos de tu generosidad, y, por la acción poderosa de tu gracia, haz que estos sagrados misterios santifiquen nuestra vida presente y nos conduzcan a los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amen.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Te pedimos, Padre, que alimentados con este sacramento divino, memorial perpetuo de la Pasión de tu Hijo, este don de su amor inefable nos conduzca a la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amen.

 

Lecturas para Hoy

Domingo decimoséptimo del tiempo ordinario
Salterio I
Color: verde

Lectura del libro del Génesis 18, 20-21. 23-32

SALMO RESPONSORIAL 137, 1-3. 6-7a. 7c-8
R/. ¡Me escuchaste, Señor, cuando te invoqué!

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas 2, 12-14

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 11,1-13

 

“Buen camino” -Mensaje de Mons. José para Cuaresma y Semana Santa 2022

 

La Palabra y la reflexión del día

El Papa: Un sano equilibrio entre modernidad y culturas ancestrales

 
 
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Viernes de la undécima semana del tiempo ordinario – Del Sagrado Corazón de Jesús

PRIMERA LECTURA

Ungieron a Joás y todos aclamaron: “¡Viva el rey!”

Lectura del segundo libro de los Reyes   11, 1-4. 9-18. 20

Atalía, la madre de Ocozías, al ver que había muerto su hijo, empezó a exterminar a todo el linaje real. Pero Josebá, hija del rey Jorám y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, lo sacó secretamente de en medio de los hijos del rey que iban a ser masacrados, y lo puso con su nodriza en la sala que servía de dormitorio. Así lo ocultó a los ojos de Atalía y no lo mataron. Él estuvo con ella en la Casa del Señor, oculto durante seis años, mientras Atalía reinaba sobre el país.

El séptimo año, Iehoiadá mandó buscar a los centuriones de la región de Caria y de la guardia, y los hizo comparecer ante él en la Casa del Señor. Hizo con ellos un pacto, comprometiéndolos bajo juramento, y les mostró al hijo del rey.

Los centuriones ejecutaron exactamente todo lo que les había ordenado el sacerdote Iehoiadá. Cada uno de ellos tomó a sus hombres -los que entraban de servicio y los que eran relevados el día sábado- y se presentaron ante el sacerdote Iehoiadá. El sacerdote entregó a los centuriones las lanzas y los escudos del rey David que estaban en la Casa del Señor. Los guardias se apostaron, cada uno con sus armas en la mano, desde el lado sur hasta el lado norte de la Casa, delante del altar y delante de la Casa, para formar un círculo alrededor del rey. Entonces Iehoiadá hizo salir al hijo del rey y le impuso la diadema y el Testimonio. Se lo constituyó rey, se lo ungió, y todos aplaudieron, aclamando: “¡Viva el rey!”

Atalía oyó el griterío de la gente que corría, y se dirigió a la Casa del Señor, donde estaba el pueblo. Y al ver al rey de pie sobre el estrado, como era costumbre, a los jefes y las trompetas junto al rey, y a todo el pueblo del país que estaba de fiesta y tocaba las trompetas, rasgó sus vestiduras y gritó: “¡Traición!” Entonces el sacerdote Iehoiadá impartió órdenes a los centuriones encargados de la tropa, diciéndoles: “¡Háganla salir de entre las filas! Si alguien la sigue, que sea pasado al filo de la espada”. Porque el sacerdote había dicho: “Que no la maten en la Casa del Señor”. La llevaron a empujones, y por el camino de la entrada de los Caballos llegó a la casa del rey; allí la mataron.

Iehoiadá selló la alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, comprometiéndose éste a ser el pueblo del Señor; y también selló una alianza entre el rey y el pueblo. Luego, todo el pueblo del país se dirigió al templo de Baal, lo derribó y destrozó por completo sus altares y sus imágenes. Y a Matán, el sacerdote de Baal, lo mataron delante de los altares.

El sacerdote estableció puestos de guardia en la Casa del Señor.

Toda la gente del país se alegró y la ciudad permaneció en calma. A Atalía la habían pasado al filo de la espada en la casa del rey.

SALMO RESPONSORIAL   131, 11-14. 17-18

R/El Señor hizo de Sión su Morada.

El Señor hizo un juramento a David, una firme promesa, de la que no se retractará: “Yo pondré sobre tu trono a uno de tus descendientes.

Si tus descendientes observan mi alianza y los preceptos que Yo les enseñaré, también se sentarán sus hijos en tu trono para siempre”.

Porque el Señor eligió a Sión, y la deseó para que fuera su Morada. “Éste es mi Reposo para siempre; aquí habitaré, porque lo he deseado.

Allí haré germinar el poder de David: Yo preparé una lámpara para mi Ungido. Cubriré de vergüenza a sus enemigos, y su insignia real florecerá sobre Él”.

EVANGELIO

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO     Mt 5, 3

Aleluya.

Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Aleluya.

EVANGELIO

Allí donde esté tu tesoro, estará tu corazón.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     6, 19-23

Jesús dijo a sus discípulos:

No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben.  Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!

La reflexión del padre Adalberto Sierra

El relato nos sitúa en el Reino del Sur, en Judá. Atalía, hija de Ajab, rey de Israel (o del Reino del Norte) estaba casada con Jorán, rey de Judá. Jehú mató al rey de Israel y al rey de Judá, y su propósito –a juzgar por los hechos– era unificar bajo su corona los dos reinos. Atalía intenta exterminar a los herederos de Jorán y asegurarse para ella la corona de Judá e impedir la maniobra de Jehú. De lograr su cometido, se acabaría la estirpe del rey David, portadora de la promesa, y esto tenía una enorme carga simbólica para el Reino del Sur en su relación con el Señor.
La narración íntegra de los hechos que hoy nos ocupan presenta dos aspectos de dichos hechos: uno (2Rey 11,1-12.18b-20), del que hoy se lee un resumen, tiene por protagonistas al sacerdote Yehoyadá y al ejército en la sublevación contra Atalía, y en la destitución y deposición de esta; el otro (2Rey 11,13-18a), acentúa las intervenciones populares en la consecución de los mismos objetivos. Es muy probable que el autor tenga la intención de mostrar hasta qué punto y de qué modo preservó el Señor la dinastía («la casa») de David, según su promesa, intervención que no se observa en las dinastías del Norte. Esto tiene el propósito de afirmar la fidelidad del Señor.

2Rey 11,1-4.9-18.20.
Atalía era nieta de Omrí e hija de Ajab –reyes de Israel– y había sido dada en matrimonio al rey Jorán, hijo de Josafat. A la muerte de Jorán, subió al trono de Judá en Jerusalén su hijo Ocozías. Atalía quedó como reina madre. Cuando Jehú hizo matar a Jorán, rey de Israel, y a Ocozías, rey de Judá (cf. 9,21-29), Atalía vio su oportunidad para asumir la realeza en Judá, pero entendió que primero tendría que eliminar a sus posibles contendores, los descendientes de David. Así que se dio a la tarea de exterminar a todos los legítimos herederos del trono, imitando la violencia de Jezabel y la crueldad de la que había hecho alarde Jehú.
Yehoshebá (Josebá), hija del rey Jorán, hermana de Ocozías y esposa del sacerdote Yehoyadá (o Joadá), jefe del sacerdocio en Jerusalén, escondió en el templo durante seis años a Joás, hijo del rey Ocozías, descendiente de David, y sobrino suyo, y así lo libró de ser asesinado por Atalía, quien reinó en Judá entre 841 y 835. La corta edad del niño se deduce por el hecho de que hubo que esconderlo junto con su «nodriza», probablemente una esclava que lo amamantaba en lugar (o en ausencia) de su propia madre. Escondido «en el dormitorio», seguramente un lugar anexo al templo, en alguna de las cámaras del mismo (cf. 1Rey 6,5).
El séptimo año (835), el sacerdote Yehoyadá puso en marcha su plan de restaurar la monarquía davídica:
• La guardia personal del rey, formada por mercenarios carios (originarios de Asia Menor) y los guardias, juraron lealtad al rey, que les fue presentado. La guardia personal del rey estaba formada por esos mercenarios extranjeros y por los corredores (cf. 1Sam 22,7; 1Rey 14, 27). En tiempos de David, los carios, los quereteos y los peleteos (cf. 2Sam 8,18; 15,18; 1Rey 1,38) tuvieron un papel semejante en el momento de la entronización de Salomón.
• Estableció tres anillos de seguridad para impedir cualquier intrusión y realizó la ceremonia de coronación. El primer anillo estaba conformado por la tercera parte de la guardia semanal, cuyo servicio comenzaba el sábado –precisamente el día escogido para la proclamación de Joás como rey–, encargado de custodiar el palacio real; el segundo, conformado por otra tercera parte de la fuerza, fue destinado a la Puerta del Fundamento (cf. 2Cro 23,5), lugar no del todo identificado; el último tercio fue destinado a la Puerta de los Corredores (v. 19) con la misión de controlar el acceso por el lado del templo. El rey debía estar permanentemente escoltado, protegido. Este fue ungido y entronizado con las insignias de David, que se guardaban en el templo.
Cuando Atalía se informó y reaccionó, esto era un hecho cumplido, y la multitud enardecida ya aclamaba al nuevo rey. Ella protestó inútilmente. Por escrúpulos religiosos, el sacerdote impidió que la asesinaran en el templo, pero, una vez fuera de este, la ejecutaron. Con la muerte de Atalía se cumple el juicio de Dios sobre la casa de Ajab por boca de Elías (cf. 1Rey 21,20-22).
La coronación de Joás como rey tuvo los siguientes efectos:
• La restauración de la monarquía davídica y, por consiguiente, de la alianza de Dios con el rey y el pueblo, y de estos con Dios. Por eso se dice que «Yehoyadá selló el pacto entre el Señor y el rey y el pueblo, para que este fuera el pueblo del Señor» (v. 17, omitido). Esa fórmula caracteriza la alianza del Señor con Israel en el Monte Horeb (cf. Deu 4,20; 7,6; 14,2; Jer 11,4).
• La demolición del templo de Baal, la destrucción de sus estatuas y la muerte de su sacerdote, respaldado por Atalía. Este hecho confirma dos realidades: los ídolos eran usados por los jefes de los gobiernos para someter los pueblos a su arbitrio; y este pueblo, destruyendo el templo de Baal, derribando sus imágenes y suprimiendo su culto, se siente liberado.
• El comienzo de una etapa de «alegría» para el país y de tranquilidad para la ciudad. El problema de la idolatría había sido superado una vez más. La reiteración de que la muerte de Atalía ocurrió fuera del templo tiene la importancia de señalar que el templo no ha sido legalmente profanado, como habría ocurrido si hubiera habido allí un homicidio (cf. Núm 19,11-16; 2Rey 1,39-40).
Finalmente, la ceremonia concluye con un movimiento masivo: los centuriones, los carios y los corredores, así como también la multitud, bajaron del templo al palacio real llevando al rey y lo condujeron hasta el palacio, en donde Joás se sentó sobre el trono. Esta sesión en el trono sirve para expresar que el rey asume el poder real (cf. 1Rey 1,48; 16,11).

Esta lucha por el poder, incluso cuando se trata de la recuperación del trono de David, usurpado con violencia y sevicia, resulta hiriente a la sensibilidad de los seguidores de Jesús. Para el pueblo de Israel significa mucho este hecho, pues les garantiza la continuidad de la familia real, que era portadora de la promesa.
Estos hechos se enmarcan dentro de un concepto restringido de la promesa de Dios:
• La promesa se concibe limitadamente: en términos de descendencia, longevidad y tierra, en vez de ser oportunidad para crecer en libertad y para convivir.
• Está condicionada a la fidelidad a la alianza con el Señor que sacó a Israel de Egipto. Sin dicha fidelidad, se puede hablar de una grave ruptura de la alianza.
• Está vinculada al linaje de Abraham y, después de este, al de David. Por eso la preocupación por la pureza de la sangre y la repulsión a mezclarse con los otros pueblos.
Eso explica –no justifica– el irrestricto apego de los israelitas a su tierra, a la Ley de Moisés y a sus prohibiciones sexuales. Pero los excesos muestran que algo estaba mal.
El nacimiento virginal de Jesús deshace el prejuicio del linaje biológico, el don del Espíritu Santo eleva la promesa a un rango por encima del cual no hay otro, y la universalidad del amor de Dios abre el horizonte a toda la humanidad, sin que ningún pueblo resulte perjudicado.
Esto es lo que los discípulos de Jesús hemos de testimoniar viviendo juntos la propuesta de las bienaventuranzas. Y esto es lo que la luz y la fuerza que dimanan de la eucaristía nos impulsan a construir. Somos depositarios de una alianza nueva y de mayor valor (cf. Heb 8,6.13).

Detalles

Fecha:
junio 17
Categoría del Evento: